Mala noticia para las izquierdas dominicanas: se acerca el 2020

Luis Ulloa Morel.

Para las izquierdas dominicanas, las elecciones han sido tradicionalmente  más un dolor de cabeza que una oportunidad. Hubo un tiempo (los ’60  y ’70) de franca hostilidad a la idea misma de buscar poder por esos medios. Tampoco que era  fruto de meros radicalismos puristas: ni la época que vivía el mundo ni mucho menos las condiciones que vivía el país abonaban entonces los ánimos electorales. Recuérdese al propio Juan Bosch --un hombre sin duda de izquierda pero que encabezaba al entonces masivo y liberal Partido Revolucionario Dominicano--- denunciando los procesos electorales dominicanos como reales “mataderos”.  Eran los tiempos del inefable Balaguer.

Con los cambios del mundo y del país –no digo que necesariamente para bien--, las elecciones se fueron estableciendo al menos como una opción plausible que se agregaba al quehacer político de los proyectos de transformación social. Una posibilidad precaria aún, quizá demasiado precaria. El PLD, como se sabe, tiene los juegos bien pesados, y es una mafia tan fraudulenta, la manipulación y el secuestro de la voluntad popular son tan sistemáticos, que solo le faltan las banderas en  las bayonetas de los fusiles (sitúense en 1978) para igualar aquellos tiempos…

Pero no es esta realidad lo que más termina pesando a la hora de ponderar la relación izquierdas dominicanas-elecciones. Que, después de todo, se haya abierto posibilidades legales y materiales para el uso de la vía electoral solo significa que nada impide participar provechosamente de ellas; que la pelota está aún limitadamente, en nuestra cancha. Cómo la jugamos es el otro tema. 

¿Y cómo la hemos jugado? No voy a recordar numeritos,  bastante conocidos.  Los hechos mondos y lirondos indican: 1) Que, salvo escasísimas excepciones (el derechista Velázquez Mainardi ocasionalmente aliado del PCD y la elección de varios regidores en Esperanza son ejemplos de ellas), los proyectos de izquierda prácticamente nunca alcanzan por sí solos una votación suficiente para una curul legislativa o siquiera en los ayuntamientos;  es cierto que Fidelio Despradel  --cuya condición de hombre consecuentemente de izquierda nadie cuestiona— es diputado con solo los votos de Alianza País, pero únicamente por la vía que permite la Ley mediante la sumatoria de los votos nacionales;  2) que nunca el monto de votos de ninguna propuesta electoral de izquierda ha coqueteado con el 2%; 3. que tampoco se registra un crecimiento sostenido en cada elección.

Tal realidad no podría entenderse al margen de examinar una historia en la que hay que valorar los orígenes, las particulares formas de resistencia a la que las izquierdas se vieron obligadas o que prefirieron asumir,  la cacería y los sacrificios y pérdidas trágicas que han debido soportar.  Nada de esto evitó  que las izquierdas vivieran lo que pudiéramos llamar tiempos gloriosos, con lo cualno solamente aludo a momentos como la Guerra de Abril o a los tiempos de Manolo Tavarez: la resistencia contra el neotrujillismo balaguerista y las innumerables luchas reivindicativas tuvieron en las izquierdas dominicanas su más agresivo puntal. Eran tiempos de verdadera presencia de sus militantes allí donde había gente y problemas sociales a enfrentar.

La llegada de lo que llamaremos tiempos electorales (soy consciente de lo inapropiadodel término) puso de relieve dos cosas: las izquierdas del país, una vez dueñas de alguna pujanza, terminaron constituyendo un sector políticamente débil,  esa debilidad aflora aún con mayor claridad en  materia electoral. 

Las izquierdas dominicanas son electoralmente débiles porque son políticamente débiles. Pero agrego: esa debilidad electoral es relativamente mayor que la debilidad general. Con otras palabras: con todo y sus falencias globales, las izquierdas dominicanas deberían tener un desempeño electoral superior.

¿Y por qué las pasamos tan mal en materia electoral (proporcionalmente peor de lo que somos globalmente)? Mi tesis es ésta: Las izquierdas dominicanas no se ocuparon nunca por hacer una verdadera transición hacia los tiempos electorales, con todo lo que ello implica: 1) asumir las luchas electorales como parte central de la lucha por el poder; 2) por tanto, hacerse particularmente expertos en la materia, con toda la carga técnica (comunicación, creación y promoción de liderazgos, captación y defensa del voto, etc.) que ello supone; 3) puesto que la lucha es por el poder, asumir una visión unitaria tan amplia como lo permita su visión del país que se pretende; 4) asumir con carácter permanente las tareas electorales.

La dispersión, la “unidad” de último momento, lo ocasional, la improvisación y la impericia han sido la tónica dominante, varias décadas después de saberse con certeza que cada 4 años, nos guste o no, asistimos a procesos que llaman electorales  y de los que, de todas formas, terminamos formando parte, desde luego, como parientes pobres.

Vamos derecho hacia un 2020 electoral. Y no veo nada nuevo en el panorama. ¿Se repetirá la historia, más o menos? Siempre se está a tiempo de evitar lo peor y de lograr lo mejor. Hace falta una fuerte voluntad de cambio –de auto-cambio--  no muy frecuente en nuestros predios. Esa voluntad debería expresarse ya. El 2020 y sus elecciones deberían ser algo más que una mala noticia. 

Ruptura y CambioComentario