Las izquierdas dominicanas y las elecciones

Luis Salazar.

Atendiendo a la solicitud de la publicación digital Ruptura y Cambio (RyC), me permito emitir algunas ideas sobre el tema. 

Históricamente, el antielectoralismo, por principios o por conveniencia,  es la primera y más añeja actitud de izquierda gestada durante el período que cubre desde la dictadura de Trujillo hasta los 12 años de Balaguer. 

Por las características autoritarias propias de esos regímenes, con el interludio de la Guerra de Abril y la intervención norteamericana, y por el contexto mundial y regional de la Guerra Fría, el triunfo de la Revolución Cubana, y el auge de la lucha armada en toda América Latina, se fue fortaleciendo la desconfianza en los certámenes electorales y marcó la visión de muchos segmentos de las izquierdas hasta el día de hoy. Es nuestra enfermedad infantil del izquierdismo. 

A partir del 1978, con el desplazamiento de Balaguer y los gobiernos del PRD, se inició una etapa de apertura política que no fue lo suficientemente aprovechada por las izquierdas, cuya participación electoral fue intermitente, sin objetivos políticos, metas, ni preparación previa. 

Se participaba, y aún hoy en muchos casos, sin haberse planteado un estudio serio de las características del escenario electoral y de las implicaciones que este tenía en materia de estructura política, de formas de hacer política y sin la preparación de la militancia para la batalla electoral. Se asumía lo electoral como un receso pasajero en lo que se esperaban las confrontaciones frontales que estaban por llegar. 

Hay que reconocer que solo el PLD de Juan Bosch, que ocupaba entonces una franja importante de las izquierdas de la época, definió los procesos electorales como el escenario principal de su participación política y se preparó en consecuencia.  Eso, entre otros factores, es lo que le permitió pasar de los 18,375 votos del 1978 a los 653,278 votos del 1990.

Un punto de inflexión en la valoración positiva de la participación electoral de izquierda en la República Dominicana lo constituyó el ciclo político regional abierto por el triunfo de Hugo Chávez en el 1998. 

Las experiencias del Chávez en Venezuela, de Correa en Ecuador y de Evo en Bolivia mostraron que es posible, a través de las elecciones, que las fuerzas políticas y sociales avanzadas alcancen el poder político y realicen reformas que beneficien a las grandes mayorías. 

Naturalmente, asumir las elecciones y el marco político que brinda la democracia representativa como medio para empujar cambios implica aceptar sus limitaciones y peligros. La regresión conservadora que vivimos hoy nos enseña el escenario electoral también puede allanar el camino para retrocesos políticos como los que se viven en Sudamérica. En este sentido, hay que recordar que para las transformaciones sociales y políticas no hay vía regia y que el retroceso es siempre una posibilidad. 

Abordar la cuestión electoral implica responder con rigor el por qué, para qué y cómo de esa participación, es decir, definir la estrategia; plantearse objetivos y metas concretas y alcanzables.

Para que la participación electoral sea algo más que un pasatiempo pasajero, la política y la organización deben aterrizar al nivel donde los procesos electorales se concretizan: los recintos y colegios electorales. Si los grandes planes, las estrategias y las formas organizativas no descienden hasta este plano, los resultados no serán los buscados. 

La participación electoral implica educar a la membrecía de las organizaciones de las izquierdas para que se empapen de las leyes, reglamentos y resoluciones que norman esta actividad. Es necesario desarrollar una cultura política electoral en las organizaciones en un momento que todo lo relacionado a este tema se hace cada vez más complejo.

En relación el próximo proceso electoral, se nos invita a responder a la pregunta: ¿Cual podría ser la mejor forma de participación de las izquierdas dominicanas en las elecciones del 2020?

Desde mi óptica, en la sociedad dominicana asistimos a un proceso de desestructuración (para usar un término de Rosario Espinal) del sistema de partidos (desaparición del perredeísmo histórico, división y empequeñecimiento del PRSC, división y lucha interna en el peledeísmo) que nos coloca en medio de un gran vacío político. 

Este vacío o lo llena una opción conservadora, y las condiciones son más propicias para que esto suceda dada la hegemonía de las ideas conservadoras en la sociedad dominicana, o las izquierdas o un sector de las mismas trabajan para lograr crear y desarrollar una opción que logre instalarse en el corazón y las mentes de los sectores populares y una parte importante de las clases medias. 

Me parece que está claro que el blanco principal del período político que vivimos es el desplazamiento del gobierno del PLD, ahora en manos de la facción danilista. 

Ahora bien, de lo que se trata es que el logro de un cambio político sea parte de un proceso de avance de lo progresivo y de izquierda en dos direcciones: 

La primera, que el partido que asuma el gobierno se vea obligado, mediante un compromiso público como parte de un acuerdo político, a implementar reformas mínimas imprescindibles en aspectos fundamentales y que contribuyan al desmonte del modelo peledeísta e incidir positivamente en el bienestar de los sectores más desposeídos del país. 

En segundo lugar, el cambio político debe dejar posicionada en el escenario político a una opción de izquierda que pueda ser pivote para avances posteriores. 

Por último, quisiera reiterar la visión de mi partido, Alianza País, de cara al 2020: 

Desplazar al PLD implica la necesidad de una convergencia de organizaciones políticas, sectores sociales y ciudadanos y ciudadanas independientes. 

Lo anterior implica una unidad amplia alrededor de un programa de reformas mínimas e indispensables que contribuyan a la superación del régimen peledeísta de gobierno y a desarticular el Estado peledeísta profundo; es decir, las redes, jerarquías, relaciones, prácticas y cultura que subyace en la base de este modelo de gobierno. 

El fortalecimiento de una opción o polo de las izquierdas pasa a través de lograr que el cambio político, es decir, la salida del PLD del gobierno, no se convierta en una nueva frustración, sino que sea parte de un cambio democrático que permita el inicio de un ciclo político nuevo, en el cual las izquierdas se posicionen favorablemente en el escenario político y en el imaginario de una parte importante de la población. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ruptura y CambioComentario