La sabiduría de esperar

Cristina Bianchi

En un mundo rápido donde vivimos, donde todo es producción, hasta el rol de la mujer y de los niños se ha convertido en algo funcional a la producción y al consumo, siguiéndole astutamente la línea de las luchas para los derechos de las mujeres. Hay que considerar que estas luchas se desarrollan en una sociedad industrial basada en el trabajo en serie y en la economía del consumo, donde se quita el nombre a cada empleado para hacer de ellos una masa uniforme, justamente disfrazados con uniformes.

En la pequeña realidad de pueblo, cultivando el amor y el conocimiento profundo a cada uno, la inclusión y el respeto de la diversidad, las personas que querían seguir un camino diferente de lo propuesto por la sociedad, encontraban la manera de hacerlo; siempre y cuando ese pequeño mundo de pueblo supiera proponer y no imponer un modelo.

La aceptación, la inclusión y hasta la valorización de las diversidades de todo tipo en una sociedad, no implica que se deje de proponer un modelo consensuado por la mayoría y soportado por leyes, siempre que ese modelo se considere propositivo y no impositivo. El empoderamiento de la mujer, los derechos humanos y hasta los ODS no son de más que conceptos de sentido común que hay que concretar en un contexto de amor al hombre.

La sectorialización del desarrollo en innumerables líneas políticas y de financiación, como se nota en el amplio mundo de la cooperación internacional y de las políticas nacionales, sigue llevando a la división, bajo el concepto del Divide et Impera.

En un mundo de capitalismo industrial y post-industrial se ha promovido esa misma sectorialización a la vida del hombre: la vida profesional, la vida personal, la medicina especialista según órganos y enfermedades contrapuesta a una visión holística. En este contexto, las mujeres empoderadas y los hombres superhéroes luchan cada día para cumplir con todos estos roles: profesión, casa, madre, amante, amiga, hija, nieta, con pasiones y pasatiempos personales, en formación permanente.

La sabiduría de esperar a alguien es la reapropiación de los tiempos de la vida realy en esto la naturaleza siempre tiene mucho que enseñar. Si miramos a los animales, ellos cazan, comen, duermen, se reproducen y, entre una y otra función vital, pasan mucho tiempo haciendo nada, o por lo menos así parece. En realidad, en estos tiempos de vida, ellos escuchan: saben qué temporada es según el clima, no necesitan de ningún calendario; perciben energías, escuchan su cuerpo, escuchan los ruidos del día a día y por eso son capaces de reconocer los cambios que puedan ocurrir.

Pero estar esperando es algo más que estar "haciendo nada". Estar esperando, por ejemplo, que la pareja o el hijo llegue a casa es básicamente estar allí para alguien. A quién no le ha pasado sentir el placer de alguien que está allí para él? Eso también se puede convertir en peso, como todas las relaciones sociales maduras, y queda a cada uno aprender cómo gestionarse la capacidad de tomarse su responsabilidad en relación a las decisiones que toma. Esperar, en fin, puede ser una expresión de amor. 

En el desarrollo de la mujer que también me tocó, estar en función de alguien más se presenta a menudo como una debilidad, en virtud de que una tiene que regirse por sí sola. Elegir conscientemente que tu lugar es al lado de una persona se presenta como una debilidad para la mujer contemporánea. Yo creo que el secreto está en dotarnos de herramientas y de una profunda capacidad de análisis, para poder escoger cada momento el rol queremos para nosotras.

Enseñar a saber esperar es algo importante para la sexualidad, para el respeto de la mujer y de cada ser humano. Es dejar al otro su tiempo para madurar y llevar a cumplimiento su obra.

Entre dos personas que se esperan corre una relación de confianza extrema, más allá de los lazos de boda, de hijos o de contratos. Estar juntos es el acuerdo mutuo de caminar juntos y a la vez de esperarse, con confianza y amor recíproco. Esta relación existe entre personas maduras, no necesariamente adultas. Los niños tienen mucho que enseñar. Ellos esperan a sus padres a final de la jornada; los amigos se esperan entre ellos también, cuando cuentan el uno con el otro.

Tenemos que volver a aprender a saber esperar.