La confianza estratégica como fuerza vital de quien educa

Luis Ulloa Morel*

A quienes ejercemos de docentes nos está prohibido el pesimismo. O debería estarlo. Educar es una labor largoplacista por definición. Educar no debería nunca llegar a convertirse en urgencia. A lo sumo se podría –y debería, llegado el caso— declararse urgente iniciar, o mejorar, o reformar la educación. Educar en si mismo requiere paciencia, por más activa que esta también pueda y deba ser. Solo la paciencia es buena amiga del optimismo auténtico. 

A propósito, ya empezaron las clases, oficialmente. Este lunes ya también la propia Universidad mayor del país abre sus aulas. Nos espera cualquier cantidad de jóvenes. Y allá van maestros y maestras, cargados en su mayoría de esa esperanza incorregible de quien se dedica a una labor sin precio que sin embargo pagan, más que nada porque alguien debe hacerla. Enseñar es una apuesta cimentada en una fe esencial de la especie: o se cree en las posibilidades de la enseñanza o no se cree en la humanidad. Enseñamos para reproducirnos, es decir, para dar continuidad a una reproducción que comienza siendo biológica…

Empezaron las clases, y no hay que ocultar que con ella empieza una batalla que en nuestros predios suele ser particularmente difícil, llena de escollos que van mucho más allá de los “normales” déficits materiales. A nadie escapa que nuestra masa estudiantil acusa serísimas debilidades que suelan obligar a sesgar la labor docente, a ir a menos en las pretensiones formativas (eso, naturalmente, si el docente se respeta a sí mismo y sabe que no se trata de cumplir frías formalidades)… Y sin embargo nuestra misión es la de ser maestros y maestras sean cuales fueren las circunstancias.

Significa ante todo apostar siempre por la cultura en su mejor sentido. No es la velocidad sino la autenticidad de la enseñanza lo que más importa. Mejor poco y bueno; si mucho, mejor; si pudiéramos cubrir por completo y con creces el programa, enhorabuena (de hecho, es la meta), pero, en última instancia, el verdadero compromiso magisterial es con la educación, con el ser humano y no con la formalidad del programa.

Maestros y maestras deberán confiar en sí mismos, en que su labor habrá de rendir frutos, siempre que se trate de verdadera educación. Es decir, siempre que estemos ante verdaderos educadores y educadoras.

Llamaré confianza estratégica a esa certeza razonable de que se hace lo correcto, lo adecuado en función del sujeto que aprende y de las circunstancias y de que deberá haber resultados en algún momento y en algún nivel importante. No se confunda con la displicencia olímpica, la filosofía de algo así como “enseña –lo que sea y como sea-- que algo queda”.

Quien escribe ha sido particularmente crítico del pésimo sistema educativo nacional. Pero aquí he querido dirigir mis palabras a educadores y educadoras. No, no es que seamos nosotros y nosotras los culpables, en último término, de lo que pasa en la educación. Es solo que también somos parte esencial de la cadena. Confiemos en la potencialidad de nuestro trabajo; no nos toca a nosotros fallarles a los jóvenes y al mundo.

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*El autor el profesor.