Vendedores de esperanza

Cristina Bianchi

Alguien de ustedes ha participado alguna vez en una rifa? Se acuerda lo excitante y emocionante que es esperar con el numerito en la mano, para ver si entre tantos millones sacan justamente el tuyo?

Yo recuerdo muy pocas rifas, pero de pequeña siempre ganábamos bicicletas. Con mi familia participábamos en las rifas de los campeonatos de pesca en los laguitos artificiales cerca de mi ciudad, organizados por la empresa de mi papá para el verano. También íbamos a la feria que cada año se da en septiembre y allí jugaba, siempre con mi papá, a la rueda de la fortuna. 
Eran cosas de pueblo, donde los provechos servían a menudo para pagar los gastos y animar, con voluntarios del lugar, el período de verano, cuando la gente sale de sus casas y se reúne cerca de los campos, que huelen a hierba recién cortada y los tractores sacan espigas de trigo por la noche, porque de día hace demasiado calor.

Hoy en día, muchos son los concursos que sirven de gancho para integrar los listados de clientes que adhieren a la iniciativa en los grandes supermercados o con las compañías telefónicas y que son luego vendidos a otras marcas, para investigaciones de mercado y publicidad.

Hoy en día, las nuevas publicidades se mueven a través de los usuarios de whatsapp, Facebook e Instagram, donde un grupo ya no funciona como tal, sino como caja de correo donde cada uno deja su flyer o el link a su iniciativa, sin importar de entablar un discurso serio, porque esto supuestamente se hace en la vida real. Los grandes medios de comunicación se convierten entonces en el brazo operativo del comercio que usa a los clientes como promotores… y sin pagarles! Encima, ellos tienen el gusto de hacerlo, quitando cada día más tiempo a las relaciones reales. Es muy difícil hacerle entender a un joven nacido alrededor del año 2000, que lo importante no es mover las redes, sino enterarse por allí y pasar a la acción en la vida real. Adormecidos por esta realidad virtual, no son capaces de unirse, porque –como dije- los grupos ya no son tales, y así se exorciza la gran amenaza que el acceso a internet puede constituir: unir a las personas, en lugar de dividirlas.

En este contexto donde las personas se mueven por horarios preestablecidos por las masas: 8 horas en el trabajo, 1 en el tráfico, 2 en el supermercado, los sábados en la noche a beber y el domingo en familia; se coloca esta reflexión y baja hasta la realidad del día a día de muchos de nosotros: la compra al supermercado.

Es en los supermercados dirigidos a un público de condición económica medio-baja, que se incentiva mucho la rifa, el premio, la esperanza. Desde un punto de vista sociológico, no sorprende y funciona así hace mucho tiempo. Es allí, entonces que nos podemos tomar el gusto de divertirnos un poco, relajando el sistema. 

Cuando a la caja, te dicen: “Usted tiene 4 bonos que no ha retirado” y pregunto: “De qué son?”, allí llego a saber que éstos son los bonos para la rifa que siempre me ofrecen y que nunca acepto, por las siguientes razones: primero, no quiero que tengan mi número de celular indispensable para registrarse, para luego recibir publicidad; segundo, me parece un engaño y de hecho lo es. Es entonces que, en mi ansia de despertar al pueblo, trato de encontrar las palabras más elementales posibles para darme a entender a la cajera, con el siguiente discurso.

“Si el supermercado compra un producto a 20 y me lo vende a 100. Cuánto se gana?” Luego de unos segundos de pánico por la cajera, que se queda perdida mirándome, incrédula que yo la esté sometiendo a un difícil test de matemática, sigo: “80, verdad? Se gana 80”. Asienta con la cabeza. “Bien. Ahora, de estos 80, en parte se los cobrará para los gastos y el resto irá para ganancia del dueño del supermercado. De esta ganancia, le sobra tanto que hasta tiene para regalarme el carro que están rifando”. A este punto, la cajera sobresalta y me dice, con cara convencida: “No señora, pero usted no tiene que pagar nada! La rifa es gratis, va con la compra!”. Yo yo, con extrema paciencia mía y de la persona que me sigue, repito más lentamente el cuento frente a una cara entre el divertido, el sorprendido y el atónito, termino: “Si el supermercado me hiciera pagar el precio justo, en lugar de lucrar todo el año sobre mi piel y al final hacerse el lindo diciendo que me regala cosas, cuando es con mi mismo dinero que lo está haciendo… estaría más contenta!”. Cierro mi conversación, termino de pagar y me voy.

Queda la pregunta: Hay el precio justo en una producción industrial donde las personas dejan de ser tales para convertirse en consumidores? No habrá que humanizar la economía, saliendo de la lógica capitalista, de la producción en serie y de los grandes números?

El pueblo dormido y ciego sigue siendo parte de la economía del consumo y está feliz por esto, porque tiene esperanza. La esperanza de encajar en el estereotipo de la persona realizada: jeep, casa, anillo, viajes, oro, rol, poder. El pueblo no quiere escuchar la realidad; prefiere vivir en un sueño. El mismo sueño que los mantiene en su lugar de clase medio-baja. Cómo despertar?