La locura como espacio del Ser

Cristina Bianchi

¿Cómo están pensadas y planificadas nuestras ciudades?

La típica ciudad latinoamericana no cuenta con un verdadero casco histórico y desarrolla su vida alrededor de un Centro de Negocios compuesto por grandes avenidas, rascacielos y centros comerciales, mall y servicios estandarizados. En un contexto como éste no hay vida para las bodegas de oficios tradicionales, para la siesta al mediodía o para caminar a pie.

La ciudad de Santo Domingo todavía cuenta con una zona colonial que tiene una vida muy peculiar, como todos los cascos históricos, donde los habitantes caminan a pies y donde los vecinos se saludan y se apoyan entre ellos.

A menudo estas áreas son las más frecuentadas por bohemios y artistas, además que por turistas y personajes simbólicos que constituyen una variedad de mundos, desde los más ricos hasta los que viven en la calle. Esta variedad es la que más caracteriza y fascina no sólo nuestra Ciudad Colonial, sino todos los cascos antiguos.

En una época donde los ritmos de vida son cada día más rápidos y donde hay una tendencia potente a uniformar las diferencias, el Caribe sigue manteniéndose todavía bastante alternativo, por su naturaleza de isla por donde históricamente pasan y se contaminan muchas culturas.

Viendo evidentes estas diferencias de aspectos que caracterizan una y otra parte de la misma ciudad, la pregunta entonces se centra en qué tipo de ciudad estamos pensando para nuestro presente y para el futuro de nuestros hijos? Y si cada aspecto de la vida (educación, negocios, diversión y espiritualidad) tiene un espacio predestinado, dónde se encuentran los espacios de la locura?

Cada ciudad tiene un espacio, un parque, una plaza, un barrio escogido libremente por la gente donde se canalizan las tendencias más antisistémicas. Estos espacios, como muchos otros que no fueron pensados para esto en un primer momento (véase la función social de los colmados), desenvuelven una función muy relevante en una sociedad.

¿Qué haríamos si faltaran los espacios públicos para la libre expresión?

¿A dónde irían a parar las muchas personas que deambulan por la calle sin hogar fijo?

¿Qué seguridad habría si estos lugares no existieran?

Es un hecho: cada sociedad necesita de estos espacios. Es una pena que estos espacios no estén planeados desde un comienzo por urbanistas y arquitectos, como si la locura, la creatividad, esta potencia que buena parte de la sociedad tiene no se tuviera en cuenta para la vida, se marginalizara desde un comienzo y no fuera aceptada como parte de la vida, sino como algo que esconder, reprochar, invisibilizar.

La locura, como la diversión, la educación, el comercio y a espiritualidad necesita sus espacios. La expresión de la locura, entendida como recopilatorio de todas las prácticas consideradas fuera del sistema establecido, necesita su espacio. De otra forma, se quedaría reprimida y posiblemente a punto de explotar sin poder leer sus señales con tiempo, interpretarla, escucharla, asimilar las propuestas creativas y progresar como sociedad con esta parte tan personal que constituye la unicidad de cada cultura.

Personas que tienen ataques de nervios, homicidios en familia, crisis depresivas. Éstas y otras manifestaciones de malestar no precedentemente expresado están, muy lamentablemente, cada día más presentes en nuestras sociedades orientadas a producir, moviendo a todo el mundo en determinados horarios para oficinas con aire confeccionado, luz artificial, tacos y chaquetas que modifican las formas naturales del cuerpo, comida de plástico y en plástico preparada según la receta de alguna gran industria del otro lado del mundo, para luego irse a supermercados y seguir alimentando el mismo circuito sin fin, para luego curarse y morir.

¿Y la vida, por qué camino se ha quedado?

Hace falta reivindicar los espacios de locura, de libre expresión, para que sean tomados en cuenta a la hora de la planificación urbanística y también a la hora de respetar los espacios públicos por parte de las autoridades, demasiadas veces más interesadas en el orden y en los impuestos que se pueden recaudar poniendo obligaciones de permisos, más que en servir a la población y particularmente a aquella población artística que es el ojo de interpretación de la contemporaneidad e ímpetu futurista.