¿Qué ha hecho el país con lo que el trujillismo hizo de él?

Hace de título una clara paráfrasis de una conocida propuesta de Sartre. Es fácil de ver el contraste de la actualidad del país con la del de hace 57 años, cuando llegó a su fin aquella tiranía que se extendió por casi 32. Intentar comprender el país de hoy desconociendo aquellas más de tres décadas de opresión y oscurantismo no es posible intelectualmente ni éticamente deseable, siendo que incluso –y para vergüenza gravemente culposa de los grupos dominantes del país-- de aquellos tiempos nunca la República Dominicana se demarcó en casi ningún aspecto. 

Casi seis décadas es mucho tiempo. Suficiente para pasar de 3.5 millones de almas a más de 11 millones; y para que, como ha ocurrido en prácticamente todo el mundo, la mayoría de la población, un 75% en nuestro caso, termine residiendo en los centros urbanos, es verdad que en alta proporción en condiciones infrahumanas; y para que la cobertura escolar se haya situado en más de un 96%; y para que la esperanza de vida pasara de 52 a los 72 años, en promedio; y ni hablar de los efectos de las tecnologías, incluidas las de la comunicación.

Sí que el país ha mucho cambiado el país. ¿No habrá sido, sin embargo, para que todo siga igual? ¿Arreglos de la carga en el camino, para que el viaje continúe, más o menos? Presiones de los acontecimientos: millones de luchas heroicas, una población que crece, necesita y se desplaza internamente y emigra a otras tierras, factores externos que obligan… Y un etcétera infinito. ¡Cómo no iba a cambiar enormemente el país! Sí, pero para que todo siga igual…

Porque a la lista hay que sumar precisamente aquello que hala con fuerza hacia la conservación de lo peor: aplastamiento de todo intento redentor (el ’63 infame arrasó con Manolo y sus compañeros, el ’65 heroico trucado por una invasión gringa, la represión balaguerista que en masa y selectivamente ensangrentó a la población…); corrupción rapaz que le roba el dinero y los sueños y crea cada cuatro u ocho años nuevas camadas de ricos que empobrecen a las mayorías; grupos dominantes dueños de casi todo y que, sin embargo, que quieren hacer creer que los “dueños del país” son, digamos, los choferes; un sistema electoral hecho a la medida del fraude; educación pública que ahuyenta el pensamiento… Y la Justicia, el sistema de salud diseñado para los banqueros. 

¿Y la democracia? “Ahí está, después de todo, la democracia como conquista”. Cada varios años podréis ir a ejercer el sagrado derecho al voto.  ¡El voto! “He aquí el resultado”, exclamaría de nuevo don Pedro Mir. Un voto que además viene acompañado del no menos sagrado derecho a la palabra. A todo esto responderé en buen dominicano (deformando una vieja expresión española): “Maña fuera”. Sí señor, podemos hablar. Gracias. Que nos escuchen es ya otro tema. En cuanto a elecciones, prefiero recordar lo que oí una vez decir a santiaguero: “Compadre: aquí solo hemos pasado del voto forzado al voto comprado…” 

Trujillo y su régimen oprobioso fueron los responsables de nuestros males, pero de eso hace ya mucho tiempo. Desde entonces son los grupos dominantes posteriores y actuales quienes tienen que rendir cuentas de lo que es el país. Son los grupos que tampoco han tenido inconvenientes en remedar lo peor de aquel período malvado. 

Tan culpables son, que han permitido que a miles de bobalicones se les ocurra mirar a aquellos tiempos como remedio, a través de un nieto de aquel demonio.