La desesperante mediocridad de la política dominicana.

Hace varios meses, quizás un año o más, un legislador criollo mostró en la Cámara de Diputados que él era un hombre al que había que respetar: ofendido ante la intervención de una colega que criticaba no sé qué aspecto de la política criolla, retiró irónicamente la correa de su cintura para que la oradora le “acabara de dar la pela”. Fin del “debate”.

Este hecho pintoresco ocurrió en el mismo órgano del Estado que lleva más de 15 años sin logar aún aprobar una Ley Electoral y otra de Partidos Políticos. Y el mismo que en tiempo récord –y venciendo mil negativas de gente que había jurado y perjurado no dar su brazo a torcer—le confeccionó un traje constitucional a la medida de un Presidente que también había perjurado que él sí que no comía tiburón, mucho menos podrido. Es el mismo órgano que aprueba con una naturalidad y celeridad pasmosa todo proyecto de préstamo enviado por el Ejecutivo. Y que aprueba cada año el Presupuesto del Estado sin discusión y sin quitarle una coma…

Del fraude electoral generalizado ya nadie se espanta: forma parte del paquete que más o menos hay que aceptar como “gabela” a quienes gobiernan, si es que queremos no quedar fuera de la fiesta (que después de todo deja dividendos, siempre que uno quede legalmente reconocido por el sistema).    

Nuestra política dominante no busca adeptos sino socios y clientes. Ninguno de esos tipos de personas quiere ni requiere ideas, planteamientos, líneas de acción para el desarrollo ni sandeces de esa clase. Buscar socios quiere decir: Hay aquí un nicho para inversiones; la recuperación es rápida y cuantiosa. Buscar clientes quiere decir amarrar miserables vía “boroneo”. Todo, por supuesto, a costa del Estado, es decir de todos los demás habitantes.

La comunicación criolla –buena parte de ella--, como se sabe, ayuda bastante bien a condimentar nuestro mundo político. La misión de esta comunicación no es por supuesto esclarecer sino enturbiar; ante todo defender a quienes se “cantean”. Vacuidad radial y televisada que no toma vacaciones. ¡Viva la libertad de expresión! ¿Viva también la cháchara embrutecedora? 

En cuanto a la mayoría de nuestro políticos, ellos en tanto voceros de sí mismos, rara vez los verá usted decirnos algo que sepa a algo, que enseñe algo. Que denote al menos alguna lectura. Que supere hasta ese lenguaje deslucido, pobre, impreciso. Apenas trascienden el dime y direte vulgar y ocasional, a veces el insulto con el uso de fotos de inocentes perros. Eso sí, hay temas para los cuales existen frases pre hechas a las que acudir para dar lecciones de moral (doble y triple): “El aborto es un atentado contra la vida”, “El matrimonio es para varones con hembras”… Soluciones rigurosamente intelectuales, como se ve.

Las excepciones por supuesto que existe. 

La mediocridad de nuestro mundo político es resultado de muchos factores, como suele ocurrir con todos los hechos sociales: incluyen una escuela embrutecedora, un mundo mediático hecho para desinformar y confundir... Pero este estado expresa en definitiva una DECISIÓN DE LOS GRUPOS SOCIALES DOMINANTES en santa alianza con la llamada clase política criolla, encarnada en grupos políticos bien conocidos.Quizá mejor que ningún otro hecho, hay uno que simboliza y resume mejor que mil libros esta decisión: LA INFAME CONFABULACIÓN QUE DECLARÓ A JOAQUÍN BALAGUER “PADRE DE LA DEMOCRACIA”. Lo dijeron todo de un tirón.

No, no es el pueblo dominicano el mediocre. Ningún pueblo es mediocre en sí mismo: lo embrutecen por momentos, los destierran de sí mismo, y le obligan a vivir para sobrevivir. Responsables son los grupos que nos han impuesto esta lógica perversa que todo lo corrompe, lo confunde y lo daña.  

La actividad política dominicana embrutece. Desespera, indigna.

Hay modos de superar este estado. Si no, no nos llamemos duartianos, ni descendientes de la Raza Inmortal, ni émulos de los buenos dominicanos y dominicanas de todas las épocas. Lo somos. Por esto, tendrá que haber una nueva República Dominicana.