¿La lucha anticapitalista es cosa del pasado? 

La respuesta afirmativa de esta pregunta es una frase muy recurrente en las esferas sociales que busca quitarle importancia a una causa tan justificada como la contribución a la erradicación de las desigualdades que nacen del capitalismo. Está la percepción de que por mucho que se hable del capitalismo y de los daños que causa sólo quedará en palabras y buenas intenciones, especialmente en la percepción de los y las jóvenes que estamos acostumbrados a ver “rostros del pasado” en la resistencia anticapitalista, y muchas veces usamos esos rostros como símbolos de alguna revolución, usamos camisetas que han tenido impresa la imagen de alguno de éstos, y lo seguimos viendo como un asunto del pasado. Pero, ¿por qué actualmente parece cada vez más difícil esta discusión? 
El sociólogo Sygmunt Bauman acuñó el concepto de “modernidad líquida”, donde afirmaba que “la mayor preocupación de nuestra vida social e individual es cómo prevenir que las cosas se queden fijas, que sean tan sólidas que no puedan cambiar en el futuro”, y este miedo se refleja en cómo percibimos los cambios que se puedan generar en la sociedad, incluyendo la lucha anticapitalista. Podríamos pensar que las buenas intenciones si pasan a ser acciones y se asientan en una posición de poder, podrían caer en “más de lo mismo”, haciendo que esa preocupación por lo sólido que describe Bauman, tome más fuerza. 
Ocurre que vemos el cambio desde una perspectiva más individualista, donde buscamos cada vez vivir nuevas experiencias, ascender en nuestros puestos de trabajo, conseguir aquella maestría en el extranjero (no en el extranjero “tercermundista” claro), estar en la constante búsqueda de tener lo más novedoso, el celular más caro; esta perspectiva nos lleva a ver los problemas sociales como situaciones aisladas, donde cada quien debe luchar por solucionar su problema, por lo que a las problemáticas sociales se le atribuyen soluciones individuales, sin generar un cambio que realmente impacte en la problemática que debería tener una solución colectiva. Por ejemplo, si en tu barrio no hay acceso a agua potable la solución en primera instancia es comprar un tinaco que adorne el techo de tu casa, mientras el barrio sigue sin tener agua potable. 
No tiene nada de malo tener ambición por vivir nuevas experiencias, por ascender profesionalmente, por estar actualizados, ya que esto nos fortalece como personas y como entes que tienen el potencial de generar cambios en nuestra sociedad. El problema está en que estamos sumergidos en un sistema donde quieren dividirnos por el color de nuestra piel, por el estrato social al que pertenezcamos, por la ideología que tengamos, la religión que profesemos, nuestra preferencia sexual, la nacionalidad que tengamos, alejándonos de una visión de lucha colectiva que genera más individualismos y más desigualdad. 
La búsqueda por obtener y acumular capital a toda costa, es una búsqueda sangrienta que nos divide cada vez más, que nos hace anhelar nuevas experiencias, nuevos aparatos tecnológicos, y sentir que nunca es suficiente, que por más esfuerzo que hagamos por conseguir algo siempre entidades opresoras en una posición de poder se van a beneficiar tres veces más de nuestro esfuerzo. Este esfuerzo que realizamos termina muchas veces en frustración, donde se hace cada vez más evidente la premisa de que quien tiene el dinero es el que tiene el poder de llegar adonde se propone. 
Entonces, ¿realmente es cosa del pasado luchar por una sociedad más equitativa?  Donde tengamos acceso a la educación de calidad, a un servicio de salud digno, oportunidades de empleo, participación política, justicia social, un sistema judicial incorrupto, por el simple hecho de que somos seres humanos, sin importar el dinero que tengamos ni todos los criterios usados para diferenciarnos. Estos criterios sólo deben tomarse en cuenta para que las particularidades de las personas que viven una situación de discriminación puedan ser tratadas con justicia y equidad.