Siete tesis lacónicas sobre la corrupción gubernamental

Luis Ulloa Morel

1.       Todos y todas, aquí y en Brasil, estamos siempre dispuestos a condenar la corrupción. Incluidos los peores corruptos.

2.       La corrupción es el tema preferido de quienes no quieren o no pueden ahondar en las causas reales, profundas, históricas de los males que padece el mundo.

3.       En la condena a la corrupción, los primeros y más radicales deberíamos ser los de la izquierda revolucionaria. Y lo hacemos. Pero la batalla publicitaria (¡publicitaria!) la están ganado derecha y los liberales de cartón.

4.       El tema ha devenido en escudo político de la derecha: una oportunidad que no desperdician para judicializar la política. Les importa un comino que se apoyen en hechos reales. A Lula no le condenan porque es corrupto (¿qué se le ha probado?) sino por representar lo alternativo --al menos parcialmente-- al sistema de corrupción real, histórica y profunda de la clase dominante brasileña.

5.       La gran corrupción es el propio capitalismo, ese que condena a miles de millones del mundo al sufrimiento y la desesperanza. No habido ni habrá nadie en la historia más colosalmente ladrón que la oligarquía financiera del mundo. (De ñapa, cuando quiebran, son los Estados, el decir los pueblos, a quienes fuerzan a acudir a su rescate. ¡Pero el problema del mundo es Lula!).

6.       La derecha hace pagar caro los errores, los reales y los ficticios. Es claro que el PT en el gobierno, sectores suyos, incurrieron en acciones corruptas, si bien nunca comparable a sus méritos. No le pidamos a la derecha, que es un millón de veces más corrupta, que se apiade de nadie. Ser corruptos no debería ser parte de nuestros atributos.

7.       Pero inevitablemente habrá quienes nos acompañen y no sean del todo unos santos barones. De esto hay que cuidarse. Pero el cuidado central de quienes pretendemos transformar el mundo deberá ser la derecha mundial y de cada país. No confiar en los portadores del mal  “ni un tantito así”… Magnánimos cuando haya que serlo (pues somos moralmente superiores), pero sobre todo dispuestos a ponerlos en su puesto cuando tengamos oportunidad de ponerlos.

 

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