La vocación docente es la del guerrero; no la del misionero

Luis Ulloa Morel. Combatiente, no mensajero o mensajera. Con el debido respeto a los misioneros y a los mensajeros. Solo digo que la naturaleza del quehacer docente no se agota en cumplir una misión o llevar mensajes.

Que la tarea de educar es la de buscar con otros y otras la verdad, el bien, la buena convivencia…  

¿Y no que hay un compromiso magisterial con lo que manda el currículo, documento oficial que nos indica lo que hay que enseñar, como hacerlo, etc.? ¿No es por definición el currículo una especie de mandato, una misión que se nos encomienda?

Sí pero también no. La guía necesaria que es el currículo es solo eso, una guía. Nada más: la verdadera educación formal comienza a propósito del currículo, de ese marco necesario para no hacer de la enseñanza una labor errabunda, sin pistas, sin camino preciso. Pero el auténtico magisterio no termina en el currículo: ¡solo comienza! Porque educar y educarse en sobre todo pelearse por la verdad y otros valores en el lugar y en el momento que hay la oportunidad de hacerlo; no siempre allí ni donde lo diga San Currículo ni San Ministerio.

“Amigo Platón, pero más amiga la verdad”, dicen que dijo alguna vez Aristóteles.

La maestra y el maestro son guerreros que saben que enseñar no es posible sin verse obligados a “transgredir” un orden que solo está ahí (debería estar) como recordatorio y no como camisa de fuerza. Educar es una acción creativa. Su esencia no es la obediencia estúpida a ninguna autoridad que no sea la propia conciencia. Tampoco lo es, por cierto, la desobediencia soberbia. Es la acción comprometida con la raza humana, con su mejoría constante, con el saber inconforme y crítico a la vez que satisfecho de poder alcanzarse.

Necesitamos educadores guerreros, rebeldes con causa. Para ello, claro está, hay mucho por cambiar en su proceso de formación.   

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